Generación Cero – Capítulo 1º - Primera entrega ©


Ben Bustillo – Prohibited its reproduction

El 31 de julio de 1977 amanecí respirando otros aires, en un colchón en la sala de un apartamento de una alcoba, un baño y una cocinita. Ahí vivían los que eran mis suegros en esa época. También estaban recién llegados de New Jersey donde habían vivido por más de 20 años, y se habían mudado a California “dizque” por mí, para que no me expusiese al frío de New York, algo que me hubiese hecho regresar a Barranquilla.
Habían comprado una pequeña fábrica de ropa femenina para dármela una vez conociese su funcionamiento y como negociar con los contratistas. También nos habían conseguido un apartamento con otros colombianos que se estaban regresando a Cali y les compraron todos los muebles. Nos mudamos el 1º de agosto.
Ese mismo día comencé a trabajar en la fábrica y me pusieron a coser ropa femenina. ¡Ja! No sabían en el lío en que se estaban metiendo. Después de estar trabajando como por tres horas, fueron a revisarlo. Cada media hora, les decía, ¡ya terminé! Todo estaba mal hecho. “Se los advertí”, les dije. “Para trabajos manuales, soy pésimo”.
Me cambiaron a la sección de mantenimiento de las máquinas. ¡Doble ja! No di bolas. No era lo mío, como nunca fue lo de fincas o ganados o sembríos. Lo mío era y siempre ha sido otro género de entendimiento de la vida y sus estilos, el reto de lo desconocido y lo que enseña a situarse dentro del sistema sin pertenecer a él.
Como a los tres días de estar dando vueltas por la fabriquita, comenté con los suegros de que quería matricularme en la “escuela” (acá todo es escuela, porque el colegio es más o menos una universidad) para aprender inglés, aunque me manejaba un poquito bien. Podía pedir un café. Cuando me preguntaban si quería crema y azúcar, como no sabía qué me estaban preguntando, les contestaba que no. Entonces me servían un café negro que sabía horrible. Entonces les peleaba con una mezcla de español más que inglés diciéndole que no quería tinto. “Me no want tinto”. “Coffee y milk”.
Mis entonces suegros le dijeron al esposo de una trabajadora quien era barranquillera que me llevara al colegio. En este caso, sí era uno. Nos fuimos y el tipo comenzó a dudar que era residente legal, le mostré la tarjeta verde y me dijo que era falsa. Me sacó el bloque y comenzamos a discutir cuando estábamos haciendo la fila para matricularme. Le dije “yo no necesito a nadie”. Él contestó, “¿y qué haces aquí conmigo?” Fue como una puñalada en el pecho y salí enfurecido de ese colegio tratando de regresar a la fabriquita.
Caminé como dos horas sin rumbo y sin saber por donde, rumiando que iba a encontrar el camino de regreso y que no necesitaba a nadie. Tiré la toalla y llamé al suegro para que me recogiera porque andaba perdido y le conté el incidente. Todavía recuerdo el nombre de las calles, Virgil y Santa Mónica.
Dos acontecimientos me llamaron la atención. El primero, una de las tardes que íbamos de regreso a la casa los suegros y yo, paramos por un semáforo en rojo cuando vi dos tipos como de tres metros de alto cada uno y súper acuerpados, agarrados de la mano. Tremendo impacto que me llevé. Imagínense este escenario para un hijo de guameros, acabado de desempolvar en una de las ciudades más civilizadas del mundo. Viví en Bogotá por unos cuantos meses y en esa época era común encontrar gays en varios círculos, pero no a este extremo.
En el segundo caso cuando nos dirigíamos hacia el trabajo hicimos otra parada en el semáforo cerca al parque Griffith. Para mi sorpresa el tráfico lo estaba dirigiendo un barbudo, en pantaloneta, con saco frac y batuta de orquesta.
Otra experiencia fue con los limones. Acá, el limón es lima y la lima limón. Mis hijos estaban enfermos con la gripa y salí a comprar unos cuantos para dárselos con miel de abeja. Miré los precios y los limones estaban más baratos que las limas (hablando en nuestro idioma.) Cuando voy a pagar, me trataron de cobrar el valor de las limas (lenguaje de acá.) “Ladrones ignorantes”, les grité desde la puerta, “no saben lo que es un limón o una lima.” Nunca regresé a esa tienda de la vergüenza.
Como a las dos semanas de estar trabajando con los suegros decidí que no era para mí, pues estaba sujeto a ellos y la verdad es que la forma autoritaria con que se dirigían a mí, me molestaba. Renuncié y comencé a buscar trabajo por otro lado.
Por medio de unos amigos de los suegros conseguí trabajo como ayudante, del ayudante, del ayudante en una fábrica donde construían contendores de aluminio para aviones de carga. El primer ayudante abría huecos con un taladro, el segundo con una pistola metía los remaches en los orificios y yo los esperaba del otro lado con una barra de metal para que se apachurraran.
Pero andaba desesperado. Me decía que no había venido a este país a ser jornalero. No ofensas contra nadie que lo es, pero yo me sentía capaz de hacer algo más. Esa era la diferencia.
Un sábado que andaba solo porque la mujer andaba “predicando” con su religión, me encontré con una oficina de reclutamiento del ejército. Firmé enseguida, me hicieron primero exámenes escritos, los pasé, me mandaron a hacer los médicos, los pasé y me dieron la cita para ver qué trabajo me iban a dar. Lo que me ofrecieron fue uno en un tanque de guerra, para que midiera la trayectoria de las balas, y para irme al Líbano, en el Medio Oriente. Tenían que ser gringos y pensar que me iba a subir en uno de esos aparatos. ¡Ni muerto!
Trabajando todavía en la fábrica de contenedores, tuve un accidente. El del taladro me hizo una cortada en uno de mis dedos. Me llevaron al hospital, me medio curaron y no me dieron incapacidad. Porque pensaron que los iba a demandar (ni idea tenía en ese entonces de las maniobras que se podía hacer en ese sentido) me despidieron a los dos días del accidente.
En la sección de clasificados del periódico La Opinión encontré un trabajo de cajero, para una tienda latina en Santa Mónica. El dueño era un ecuatoriano y me hizo trabajar 60 horas a la semana sin pagar tiempo extra, a uno cincuenta dólares la hora. (El mínimo era $2.45) En ese tiempo tuve una separación de las tantas que tuve con la mamá de mis hijos, y que porque le había sido infiel. Siempre le decía, “no me preguntes, porque te digo”. Y lo seguí haciendo, y ella perdonándome ”por última vez” hasta que de verdad llegó la última en 1985.
Cansado del trabajo de cajero, renuncié en diciembre de 1977, los hijos y la esposa se enfermaron de gripa, luego caí yo, y pasamos nuestra primera navidad juntos en Estados Unidos, sin trabajo y enfermos en una cama...

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